ELOGIO DEL TEATRO EN LA ESCUELA



  • Quiero abrir este tema para contar algunos recuerdos personales, mi descubrimiento del teatro cuando niño, surgido en la escuela.
    Era un colegio con profesores muy mayores (así al menos los veía yo entonces, parecidos a las geniales caricaturas que aparecen en “Amarcord” de Fellini); algunos buenos, algunos malos.
    Algunos años más tarde, tras mi salida del colegio, me reconocí en esa frase de Woody Allen: “Todas las mañanas doy gracias a Dios de no tener que ir al colegio”.
    Sin embargo, hay algo que debo agradecer por siempre al Colegio: en el Decroly se hacía teatro. Y se hacía con esmero y dedicación.
    El teatro me salvó. Así, categóricamente lo digo.

    ¿Por qué lo digo?

    1. ELOGIO DEL OTRO
    A través del juego de la imaginación en que pude vivir otras vidas, el teatro me ayudó a viajar fuera y también hacia dentro de mí. Un viaje hacia mi propia individualidad interior y hacia la del otro, y junto a los otros. Esta conciencia de lo que yo era, y lo que yo no era (la conciencia del otro) me hizo más flexible, tolerante y rico. Tan importante como el aprendizaje de las matemáticas, de otra lengua, de hacer excursiones o practicar deporte… el teatro en la escuela abre ventanas al mundo, para afirmarlo. Y te permite hacer este viaje en compañía de otros. El teatro es arte colectivo por excelencia, “el poeta coral”, como dice Maiakovski.

    2. ELOGIO DEL ENTUSIASMO
    Descubrí además el valor del entusiasmo que mueve montañas.
    En el teatro lo pasábamos bomba. Cuando años después me dediqué ocasionalmente a la enseñanza teatral, intenté no olvidar nunca la lección de aquellas profesoras apasionadas por el teatro, resumido en esa máxima de Goethe: “Al estudiante no instruirlo, estimularlo: él sólo hará la tarea”. Aprendí algo valioso de mis mejores profesores: la fuerza que tiene el contagio del placer, la provocación del entusiasmo. (“Si algo se puede transmitir como profesor, -dice Steiner-, es que estás poseído por lo que enseñas. Quizá tus alumnos estén en desacuerdo o se burlen o te consideren loco, pero te escucharán”). Y esta fue otra lección, aprendida de aquellas mujeres que luchaban incansables para que memorizáramos bien los movimientos, gestos y palabras, y las repitiéramos atentos en el escenario del salón de actos escolar.

    3. ELOGIO DE LA DIFICULTAD
    “¡Qué difícil!”, pensaba entonces. Y no me faltaba razón. El teatro es de las disciplinas más difíciles porque engloba muchas otras.
    Hacer algo muy difícil aviva la pasión, inculca en el niño la obligación de ser mejor.
    Hoy puedo decir que haber memorizado tantos textos y gestos provocó que me apropiara de sonidos, giros lingüísticos, imágenes. El teatro me transformó porque el transmitir oralmente esa tradición del castellano, me hizo apropiarme del aliento inspirado de los poetas. Porque para poder decir bien un poema necesitas ir a la fuente, al impulso del que partió el poeta.
    Al igual que la memorización de la mejor posición en el espacio, el mejor gesto en su tempo-ritmo me hizo ver que podía progresar en la comunicación de lo relevante.
    Por eso, soy de los que piensan que, aunque aprender de memoria moleste mucho, la memorización de la poesía debería volver a ocupar un papel importante en la vida de los niños, (en especial de los que viven con carencias sociales, económicas e ideológicas). Y conviene esforzarse para que nadie nos arrebate lo que nos pertenece, la cultura viva, la palabra encarnada. Esa literatura, que tanto me gustaba, debía en el teatro abandonar las páginas del libro para hacerse presente en el cuerpo, para llegar a ser una forma de respirar, y así traspasar y encarnarse en el espectador.

    4. ELOGIO DEL RIESGO
    Por último, equilibrar mi tendencia de niño soñador, y compensarla con acción y riesgo me hizo mucho bien. Dejar de lado las ideas a favor de la experiencia y ofrecer un flanco abierto a las críticas del público, me proporcionó la ocasión de aprender a confrontarme con los otros. Esa heroicidad de “hacer” y “ponerse en peligro” (la vocación de ese funambulista que es el actor) era necesario para corregir la comodidad del observador desde la barrera. Era imprescindible ponerse a prueba, subirse al escenario porque era la única posibilidad de comunicarme y escapar del aislamiento. Merecía la pena representar ante otros, aceptar las críticas, soportar los elogios.

    Por eso, por darme la ocasión de jugar y descubrir el mundo, a través del valor del otro, el valor del entusiasmo, el valor del esfuerzo y el valor del riesgo, el teatro en el colegio me salvó.



  • Lo cierto es que las artes escénicas deberían trabajarse más en los centros escolares.
    Perder el miedo a hablar en público y a expresar son facetas poco cultivadas que aportan mucha seguridad en uno mismo .


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